Las empresas ya gastaron alrededor de 2.500 millones de dólares en tokens el año pasado, y los tokens se han convertido en el tercer mayor driver de costes de inteligencia artificial, solo por detrás de la infraestructura y el desarrollo de software. Peor aún: menos de uno de cada cinco dólares de gasto en tokens puede rastrearse hasta un resultado financiero cuantificado, según el análisis de Accenture, que ha publicado una guía completa de «AI tokenomics» para directores de información (Accenture).
Ese es el telón de fondo de las declaraciones de Jorge Ferrer, vicepresidente sénior y responsable de Celonis en Madrid, quien ha advertido de que los directores financieros «rechazan la cultura del ‘tokenmaxxing’, caracterizada por un consumo desenfrenado y unos costes desorbitados», y apuestan por el «token taming», basado en optimizar la implementación de la IA para minimizar el consumo de tokens y maximizar los resultados (Europa Press).
Los casos empresariales ilustran la magnitud del problema. Uber quemó su presupuesto anual de Claude Code en apenas cuatro meses y se vio obligada a imponer un tope de 1.500 dólares por empleado y mes por herramienta para sus cerca de 5.000 ingenieros. Meta advirtió en un memo interno que sus costes de tokens van camino de los miles de millones en 2026. Y GitHub Copilot, que pasó a facturación por tokens en junio de 2026, proyecta facturas que oscilan entre los 29 y los 750 dólares mensuales por usuario (Unite.AI).
La paradoja es estadística: los costes por token han caído más de 280 veces, pero el gasto empresarial en modelos de lenguaje se ha triplicado, y el 93% de los encuestados en la edición 2026 del estudio State of AI de McKinsey superó sus presupuestos de tokens. Para agravar el panorama, la FinOps Foundation reporta que el 73% de las empresas registró costes de IA por encima de sus proyecciones (McKinsey via Value Add Pulse).
En este escenario, el análisis de La Vanguardia sobre la «tokenomics» describe el token como el hilo más delgado de la IA: la unidad invisible que decide si un despliegue corporativo es rentable o un pozo sin fondo. La respuesta de especialistas como Ferrer pasa por dotar a los agentes del contexto operativo de cada organización, de modo que cada interacción valga lo que cuesta (La Vanguardia).
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