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Una pregunta aparentemente simple —¿cómo hace un alga unicelular para nadar hacia la luz?— terminó valiendo el Premio Nobel de Medicina o Fisiología 2026. La Asamblea Nobel del Instituto Karolinska de Estocolmo anunció este lunes que el galardón, dotado como es habitual con 11 millones de coronas suecas, recae en el estadounidense Karl Deisseroth y los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel «por sus descubrimientos sobre los canales iónicos activados por la luz y la optogenética», una tecnología que lleva años figurando en las quinielas de los pronosticadores del premio.

En los años noventa, Hegemann investigaba en el Instituto Max Planck la fotorrecepción de la Chlamydomonas reinhardtii, un alga verde microscópica dotada de una mancha ocular sensible a la luz. Su laboratorio identificó y bautizó en 2002 la primera proteína del fenómeno: la canalrodopsina-1. Poco después, un equipo liderado por Nagel demostró que una segunda variante, la canalrodopsina-2, funcionaba como un canal catiónico no selectivo que se abría con luz de espectro azulado, publicando en 2003 los resultados que proponían su uso como herramienta para generar impulsos eléctricos en células mediante luz.

El tercer acto correspondió a Stanford. Karl Deisseroth, médico de formación con paso por la psiquiatría clínica, introdujo el gen de la canalrodopsina-2 en neuronas de mamífero y demostró en su artículo de 2005 —firmado junto a Ed Boyden y Feng Zhang— que destellos de luz azul permitían activar y desactivar potenciales de acción con precisión de milisegundos. En 2007, su grupo logró el mismo control en cerebros de ratones vivos, consolidando la optogenética como la técnica capaz de encender tipos celulares específicos dentro de circuitos neuronales complejos.

La relevancia del método radica en que resuelve el gran problema histórico de la neurociencia experimental: mientras la estimulación eléctrica activa simultáneamente todas las células cercanas al electrodo, la optogenética combina dirección genética y control óptico para manipular únicamente el tipo de neurona que interesa estudiar. Gracias a ello, los investigadores han revelado los circuitos que gobiernan recuerdos, emociones y conductas asociadas a trastornos neurológicos y psiquiátricos, desde el Parkinson hasta la depresión.

Las aplicaciones clínicas ya son tangibles: en oftalmología se ensayan terapias para restaurar la visión en pacientes con enfermedades degenerativas de la retina, y la técnica abre caminos en la investigación de nuevas diana farmacológicas. Como reconoció el propio Deisseroth tras conocer la noticia, el mérito pertenece a toda una comunidad científica que, con otros pioneros como Gero Miesenböck o Zhuo-Hua Pan mencionados en los antecedentes del comité, convirtió una curiosidad biológica de las algas en el instrumento más preciso jamás creado para leer y escribir en el cerebro vivo.

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La entrada caduca en 10:15pm el martes, 6 abril 2027

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