El 2 de octubre, entre la noche y la madrugada, una técnica de laboratorio de 28 años llamada Darya Shipilova murió en un hospital de Shélejov, una pequeña ciudad de la región rusa de Irkutsk. Su muerte podría haber pasado inadvertida de no ser por un detalle inquietante: trabajaba en el Instituto Antiplagas de Investigaciones de la Peste de Siberia y el Lejano Oriente, un centro fundado en 1934 para combatir precisamente la enfermedad que ahora se sospecha que la mató.
Las alarmas se dispararon cuando el gobernador de la vecina república de Buriatia, Alexei Tsydenov, confirmó que la mujer había muerto por «una forma no especificada de peste», mientras las autoridades regionales hablaban solo de una «infección particularmente peligrosa». Rospotrebnadzor, el servicio sanitario ruso, mantiene que la causa fue una «neumonía de etiología desconocida» y niega tanto la existencia de un brote como la de un accidente en el laboratorio, aunque medios como People of Baikal reportaron que la joven pudo haberse infectado por la rotura de un tubo de ensayo con patógenos. La otra hipótesis que circula es un contagio durante un reciente viaje a Tailandia, aunque las autoridades tailandesas no han confirmado que la fallecida haya pasado por ese país.
La respuesta rusa fue inmediata en el terreno: la jefa de Rospotrebnadzor, Anna Popova, viajó a Irkutsk para coordinar medidas de contención con el gobernador Igor Kobzev; cerca de 200 personas que tuvieron contacto con la investigadora fueron puestas bajo observación médica y cuarentena; el hospital de Shélejov fue cerrado; y el alcalde del distrito, Maxim Modin, aseguró que se implementan «medicas anti-epidémicas integrales» con pruebas diarias a los contactos. Las autoridades reportan que entre los contactos solo se detectaron dos casos de COVID y dos de rinovirus.
Washington no quiso esperar a las conclusiones oficiales. La Embajada estadounidense en Moscú emitió una alerta sanitaria, pidió a sus ciudadanos abandonar el país y mantuvo su recomendación de Nivel 4 de no viajar a Rusia, mientras el secretario de Estado Marco Rubio exigió transparencia al Kremlin. Donald Trump, por su parte, anunció que hablaría «muy pronto» por teléfono con Vladímir Putin sobre el caso, en lo que sería el primer intercambio de información entre ambos gobiernos sobre el suceso.
Los organismos internacionales mantienen una cautela activa: la OMS, cuyo director general Tedros Adhanom Ghebreyesus ofreció ayuda técnica a Moscú, evalúa el riesgo como «moderado a bajo» para Irkutsk, «bajo» para el conjunto de Rusia y «muy bajo» para la región europea, a la espera de más datos; el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, llamó a no atender «rumores ni especulaciones» y a seguir solo las declaraciones oficiales de Rospotrebnadzor, cuyo instituto de Irkutsk, recordó NBC News, amplió hace años su alcance a «otras enfermedades altamente peligrosas» incluidas el cólera y el ántrax.
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