Renunciar a la pizza no es la única opción para comer mejor. Convertir el calabacín en protagonista de la masa permite disfrutar del clásico italiano con una fracción de los carbohidratos, algo que explica el auge de las bases vegetales en las cocinas de medio mundo (Pequerecetas).
La clave del éxito no está en los ingredientes —sencillos y económicos— sino en la técnica. El agua del calabacín es el enemigo número uno de esta receta, y eliminarla bien marca la diferencia entre una base crujiente y un fracaso blandito. Cocineros experimentados recomiendan escurrir con rigor, aunque algunos proponen atajos como dejar que el propio horno extraiga la humedad (Wholesome Yum).
Preparación de la base
Ralla un calabacín limpio con la parte ancha del rallador, conservando la piel por su aporte de fibra. Mézclalo con sal y espera 15 minutos; verás que suelta mucho líquido. Envuélvelo en una gasa o paño de cocina y aprieta fuerte hasta extraer la mayor cantidad posible de agua.
En un bol, une la verdura escurrida con 2 huevos y 4 cucharadas de harina de avena, removiendo hasta lograr una masa homogénea. Extiéndela en círculo de unos 30 cm sobre papel para horno, presionando para dar grosor uniforme. Cocina a 190 °C por 15-20 minutos, hasta que los bordes se vean dorados y tostados. Un reposo breve tras sacarla facilita el montaje.
El montaje final
Con la base lista, reparte 4 cucharadas de salsa de tomate sin llegar al borde. Cubre con 150 gramos de mozzarella rallada y decora con tomates cherry, láminas de champiñón, jamón al gusto y una lluvia de orégano. Devuelve la pizza al horno 10-15 minutos, activando el gratinador los últimos 2-3 minutos si te gusta el queso más tostado. Espera cinco minutos, corona con albahaca fresca y sirve caliente.
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La entrada caduca en 8:16pm el viernes, 16 abril 2027