El WiFi es una tecnología que ha revolucionado nuestra forma de vivir, pero su funcionamiento puede verse afectado por factores insospechados que actúan como verdaderos «villanos» de la conexión. Alex Hills, uno de los pioneros en el desarrollo de redes WiFi y autor del libro «Wi-Fi y los chicos malos de la radio», fue uno de los primeros en identificar estos obstáculos ocultos que pueden arruinar nuestra experiencia en línea. Su término «chicos malos» no se refiere a personas, sino a objetos y situaciones cotidianas que interfieren con la señal.
Uno de los casos más curiosos y documentados es el del microondas. En 1993, mientras Hills trabajaba en la Universidad Carnegie Mellon, lideró el equipo que construyó una de las primeras redes WiFi de gran escala. Pero lo que pocos saben es que, años después, los astrónomos en Australia se vieron desconcertados por misteriosas señales de radio que interferían con sus telescopios. Tras una investigación exhaustiva, descubrieron que el culpable era el microondas de la oficina, que emitía ráfagas de energía cada vez que alguien lo usaba para calentar su comida. Esto se debe a que el WiFi y los microondas operan en la misma banda de frecuencia de 2.4 GHz, una de las más utilizadas para redes inalámbricas. Aunque los microondas modernos están mejor blindados, los modelos antiguos o aquellos con puertas mal cerradas pueden filtar ondas que interfieren con la señal WiFi. Hills señala que, aunque hoy en día este problema es menos común, sigue siendo una de las fuentes de interferencia más conocidas.
Pero el microondas no es el único enemigo oculto. Si tienes un acuario en casa, es posible que esté absorbiendo la señal de tu WiFi. El agua, especialmente en grandes cantidades, debilita las ondas de radio que transmite el router. Las moléculas de agua actúan como pequeños imanes que absorben la energía de la señal, creando lo que Hills denomina «efecto sombra». Si la pecera está ubicada entre el router y el dispositivo que estás usando, es probable que la conexión se vea seriamente afectada. Este mismo fenómeno ocurre con paredes gruesas de ladrillo o hormigón, que pueden bloquear o atenuar la señal. Para solucionarlo, Hills recomienda colocar el router en una posición central y elevada dentro del hogar, evitando obstáculos en la línea directa de transmisión. Si el problema persiste, una red en malla (mesh) o un extensor de WiFi pueden ser la solución.
Los espejos y superficies reflectantes también pueden ser un problema. Las ondas de radio, al igual que la luz visible, rebotan en superficies planas y metálicas, como espejos, televisores o paredes con láminas metálicas. Esto puede causar interferencias y crear zonas muertas en el hogar. Si notas que hay áreas donde la señal es débil o inexistente, revisa si hay algún espejo o superficie reflectante en el camino directo entre el router y el dispositivo. Una solución sencilla es reubicar estos objetos o, si no es posible, utilizar un extensor de WiFi para mejorar la cobertura.
Incluso el clima extremo puede afectar tu conexión WiFi. Aunque la lluvia no suele ser un problema para las redes inalámbricas en interiores, las nevadas intensas pueden dañar la infraestructura que abastece a tu hogar, como cables o antenas parabólicas, especialmente si dependes de una conexión por satélite. Hills, quien actualmente trabaja en Alaska ayudando a comunidades remotas a conectarse a internet, sabe bien que, en casos extremos, incluso hay que limpiar la nieve de las antenas con una pala para recuperar la señal. Además, el calor extremo puede causar problemas indirectos, ya que el aumento en el uso de la red (por ejemplo, cuando todos en casa están consumiendo contenido en línea al mismo tiempo) puede saturar el ancho de banda.
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