viernes 6 de febrero de 2026 07:58 am
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El mundo despertó el viernes con un giro inesperado en el conflicto más prolongado y sangriento de la última década: Donald Trump, el presidente que durante su primer mandato había sido uno de los mayores aliados de Israel, exigió públicamente el cese inmediato de los bombardeos en la Franja de Gaza. «Israel debe detener inmediatamente el bombardeo de Gaza, para que podamos sacar a los rehenes de manera segura y rápida», escribió en sus redes sociales, un mensaje que contrastaba radicalmente con su postura anterior de apoyo incondicional a Benjamin Netanyahu. La orden, dada en un tono imperativo poco común en la diplomacia internacional, llegó horas después de que Hamás anunciara su disposición a aceptar «algunos elementos» del plan de paz propuesto por el gobierno estadounidense, incluyendo la liberación de los rehenes restantes y la entrega del poder a un organismo palestino políticamente independiente. Pero detrás de este aparente avance hacia la paz se esconden tensiones profundas, intereses estratégicos y un reloj que corre en contra de miles de vidas.

Lo que hace este momento particularmente crítico es el ultimátum implícito que Trump lanzó horas antes: «Si no se alcanza este acuerdo de última oportunidad, se desatará un infierno como nunca antes se ha visto contra Hamás». La amenaza, formulada en términos apocalípticos, revelaba la dualidad de la estrategia estadounidense: por un lado, presionar a Hamás para que acepte el acuerdo antes del domingo por la noche; por otro, obligar a Israel a frenar su ofensiva militar, que en dos años ha dejado a Gaza convertida en un paisaje de escombros y ha cobrado la vida de más de 30,000 palestinos, según cifras de la ONU. «Creo que están listos para una paz duradera», escribió Trump, pero las palabras de los líderes de Hamás pintaban un cuadro más complejo. Abu Marzouk, uno de sus portavoces, admitió que sería «difícil liberar a todos los cautivos en 72 horas», como exige el plan, porque algunos de sus restos podrían tardar días o semanas en ser localizados. Además, mientras Hamás aceptó ceder el poder a un organismo palestino independiente, rechazó categóricamente cualquier administración extranjera en Gaza, un punto clave en la propuesta de Trump que Israel considera no negociable.

El silencio inicial de Israel ante el llamado de Trump añadió otra capa de incertidumbre. Netanyahu, quien ha basado gran parte de su legitimidad política en la promesa de «destruir a Hamás», se encontraba en una encrucijada: obedecer a su principal aliado o continuar con la ofensiva que, según su gobierno, es necesaria para garantizar la seguridad de Israel. Fuentes cercanas al primer ministro israelí indicaron que el gabinete de guerra se reunió de emergencia para evaluar la situación, pero no emitieron una declaración oficial. Mientras tanto, en las calles de Tel Aviv y Jerusalén, miles de israelíes salieron a protestar, divididos entre quienes exigen el cese al fuego para liberar a los rehenes y quienes claman por una victoria militar definitiva. «No podemos confiar en Hamás», gritaba un manifestante frente al parlamento, mientras otro sostenía un cartel que decía: «Trump tiene razón: es hora de salvar vidas».

El plan de paz propuesto por Trump —que incluye la liberación de todos los rehenes, el desarme de Hamás y la creación de un gobierno palestino independiente— ha sido aceptado en principio por Israel, pero los detalles siguen siendo un campo minado de desacuerdos. Egipto y Qatar, los mediadores clave en las negociaciones, han advertido que algunos elementos requieren más discusión, especialmente aquellos relacionados con el futuro de Gaza y los derechos palestinos. «No podemos aceptar un acuerdo que no garantice nuestros derechos básicos», declaró Osama Hamdan, otro líder de Hamás, en una entrevista con Al Araby TV. La posición del grupo es clara: están dispuestos a negociar, pero no a rendirse. «Estamos listos para entregar nuestras armas a un futuro organismo palestino, pero no aceptaremos ninguna ocupación extranjera», añadió, dejando en el aire la pregunta de quién administrará Gaza una vez que Hamás —si es que lo hace— abandone el poder.

Mientras las negociaciones avanzan entre bastidores, en Gaza el horror continúa. Los bombardeos israelíes han reducido ciudades enteras a escombros, y los hospitales, abrumados por los heridos, funcionan con recursos mínimos. «Cada minuto que pasa sin un alto al fuego, más niños mueren», denunció un médico del Hospital Al-Shifa, mientras atendía a un niño de cinco años con heridas de metralla en el abdomen. La Cruz Roja Internacional ha advertido que la situación humanitaria es «catastrófica», con más de 1.5 millones de desplazados viviendo en condiciones inhumanas y sin acceso a agua potable o alimentos. «No es solo una crisis, es un genocidio lento», declaró un funcionario de la ONU, mientras Trump, desde Washington, intentaba equilibrar su imagen de «pacificador» con la de un líder dispuesto a usar la fuerza si las negociaciones fallan.


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